Pactos de Amor

La distinción entre el bien y el mal se genera en los principios que aprendimos en la infancia en nuestro hogar y nos crean los límites que nos aseguran la pertenencia a nuestra familia y a nuestra sociedad.

El amor del niño

Todo aquello que hemos visto y vivido en nuestros hogares cuando niños, construye en nosotros el sentido de lo bueno y de lo malo. De lo moral y de lo inmoral. De lo permitido y lo prohibido.  Rápidamente incorporamos normas, creencias y costumbres que construyen en nosotros una identidad personal y familiar y un sentido de pertenencia a nuestro grupo. Es a partir de estas creencias que construimos la conciencia.  Tener buena conciencia de nuestros actos, significa que estamos actuando de acuerdo a las normas y creencias que hemos incorporado desde la infancia. Un niño ama su sistema familiar sea cual sea; sea feliz o infeliz; sea bien o mal tratado y  hará todo lo que sea necesario para permanecer en su sistema. Todo aquello que en nuestro sistema familiar es normal y  habitual,  está bien para nosotros y lo incorporamos como parte de nosotros mismos y como parte de lo esencial en nuestra vida cotidiana. Así cuando actuamos de acuerdo con lo existente y lo vivido en nuestra familia de origen,  nos sentimos buenos hijos, nos sentimos completos y leales. Tendremos buena conciencia de nuestros actos.

Todo aquello que no es habitual en nuestro entorno familiar o que es mal visto por los nuestros, nos hace sentir malos hijos y nos genera miedo, desconfianza o simplemente no nos es fácil de integrar.  Así, crecemos  portando nuestras costumbres y nuestro niño fiel a estas costumbres, hasta la vida adulta. Somos leales a las creencias, al sufrimiento, al dolor, a la alegría. Fiel a aquello que es nuestra identidad. Esto lleva al extremo de no saber vivir sin el dolor y el sufrimiento. Si estos han sido parte importante de los platos que se sirvieron en nuestra mesa durante nuestra infancia, iremos por la vida necesitando siempre una gran dosis de los mismos para sentirnos completos, para sentirnos en la seguridad que da la casa. Si solo hemos aprendido a comer habas y arroz necesitaremos tiempo para aprender a integrar otros sabores.

Esta lealtad es pues la madre de muchos de nuestros actos, y muchos de nuestros actos, que por nosotros son vividos como un gran amor a nuestras familias, son en realidad miedo. Miedo a ser abandonados. Miedo a perder la pertenencia. Miedo a ser mal vistos. Miedo a perder la unión a la madre y al padre y miedo al vacío que nos genera lo distinto, lo nuevo, lo desconocido.

Para aquel que no conoce mas que la infelicidad y el dolor, es difícil tomar la vida, es difícil tomar la felicidad, pues es algo ajeno a si mismo, a sus costumbres y a su familia. Un niño hace todo lo posible para poder conservar la identidad y la pertenencia a su familia, incluso al precio de su salud, de su propia claridad o de la vida misma. Así es el amor de un niño pequeño y es un amor absolutamente ciego.  Por este tipo de amor se llega incluso a cometer crímenes. El hijo del ladrón es fiel al amor del padre si sigue un destino semejante, el hijo del mafioso honra a su padre si sigue sus pasos y a nivel cultural y racial por ejemplo, muchos quedan atrapados por la fidelidad guardan hasta la muerte ante sus clanes.

Cada uno de nosotros lleva profundamente arraigada esta identidad familiar, cultural y social. Nos sentimos identificados con este “amor  por lo nuestro”  y permanecemos  en buena medida fieles a él sin darnos cuenta de las consecuencias que esto conlleva.  A partir de allí, no nos permitimos ser más felices que nuestros propios padres, nuestra familia o clan y así seguimos siendo fieles a lo nuestro, a los ancestros, a los padres, así sentimos que seguimos siendo buenos hijos.

Otro aspecto del amor del niño es la fantasía de omnipotencia. Así el niño dice:

“Si amo de esta manera puedo salvar a la  persona amada. Quizás hasta la redima. Tengo poder sobre su vida y su muerte”.

Así los hijos, sin darnos cuenta de la gravedad que esto conlleva, tomamos en la relación con nuestros mayores, lugares que no nos corresponden, que nos quedan grandes. Tomamos por ejemplo el papel de padre o madre de nuestros propios padres. Hacemos del padre o la madre que a lo mejor no tuvieron, o que creemos deberían haber tenido. Llegamos incluso a sentirnos más grandes, más sabios y mejores que ellos. Y a través de este amor infantil vamos perdiendo, cada vez más, la perspectiva de nuestra verdadera necesidad y del flujo de la vida.

Otro ejemplo de esto es cuando buscamos redimir al padre o la madre en su relación de pareja. Esto lo hacemos de distintas maneras:

Permanecemos vinculados a uno de ellos no en la posición del hijo, sino en la del compañero  o… haciendo nosotros en nuestras vidas o en nuestra relación de pareja aquello que el padre o la madre no hizo en la suya. “Yo no seré sumisa como mi madre” dice la niña pequeña y así va peleándose sin saber por qué con los hombres que aparecen por su vida y sin poder entregarse realmente o… “Yo no seré mujeriego y tirano como mi padre” dice por ejemplo el niño pequeño y así va actuando por la vida desde su juicio infantil y su pequeña visión, para llegar al final posiblemente a la conclusión de que en el fondo es como su padre en muchos aspectos.

Las implicaciones sistémicas

Con esto nos referimos a la fidelidad a aquello que llamamos “el alma familiar”. El alma familiar es el orden que se encuentra por encima de las leyes y normas creadas por el hombre. Es el orden que está al servicio del sistema mayor que es la vida misma. En los sistemas, lo reprimido tiende a aflorar de nuevo en busca de orden y lo hace generalmente por la parte más frágil. Así pues somos fieles a aquellos miembros de la familia que vivieron destinos especialmente dolorosos y que generaron rupturas en el flujo de la fuerza de la vida en la familia. Con mucha frecuencia nos encontramos con que aquello que ha sido reprimido, emerge en los hijos, los nietos o aun descendientes de generaciones posteriores. Toda la información psíquica de nuestros antepasados la conozcamos o no, está impresa en nuestros genes y conforma la herencia psíquica y el inconsciente colectivo familiar. Cuando ha habido destinos difíciles que han dejado huellas profundas, como puede ser el caso de: muertes trágicas, personas olvidadas o no reconocidas, el dolor de estos sucesos se queda atrapado en el inconciente familiar generando síntomas que se pondrían de manifiesto tarde o temprano en los más sensibles.

Reconocer las implicaciones sistémicas que se dan en un sujeto a este nivel es tal vez uno de los aspectos más difíciles, pues de éstas no somos concientes en absoluto y con ellas no necesariamente estamos viviendo patrones que conocemos de manera consciente. Este “alma  familiar” que todo lo ve y todo lo sabe y que está al servicio de algo mayor,  es como si se quedara pendiente de recuperar el flujo y el orden del amor en el sistema y por ello las familias o alguno de sus miembros en las generaciones posteriores, se identifican con aquello que está pendiente y quedan atrapadas en estos destinos especiales, repitiendo historias, sufriendo destinos semejantes o padeciendo por aquello de lo que fueron responsables sus mayores, pero que nunca resolvieron en su momento.

Reconocer este tipo de fidelidades, darnos cuenta del lugar de amor que estamos ocupando en nuestra familia y retomar el lugar que realmente nos corresponde, nos permite restaurar el orden y el flujo de nuestras propias vidas. En la vida del adulto cabe todo, nuestro niño, nuestros antepasados, nuestras historias milenarias con lo mejor y lo peor de ellas, siempre y cuando les demos el lugar adecuado. Cuando podemos poner todo esto en nuestro corazón, dándole de manera consciente el lugar que le corresponde, sin juicios, sin pretensiones redentoras, respetando y honrando lo que fue sin necesidad de involucrarnos  y reconociéndonos simplemente como  los últimos en esta cadena de la vida, entonces estaremos listos para tomar la vida con todo lo que fue, de una manera serena que nos permite amar desde un amor adulto que ve al padre, a la madre y al sistema en toda su grandeza. Este es un amor que ve más lejos y es capaz de ver a otros seres humanos en un contexto más amplio, sin miedo, sin odio, sin rencor y sin el dolor que se  siente cuando estamos atrapados en fantasmas del pasado. El amor condicionado y temeroso no mira directamente, es ciego a lo que realmente es. Quien mira directamente y con atención, logra integrar una perspectiva más amplia y restablecer el flujo perdido. Este es un amor que crece.

El papel de las Constelaciones Familiares

Las constelaciones familiares, además de ser una propuesta terapéutica, son una propuesta filosófica que nos invita a reflexionar sobre nuestro actuar a partir de los sistemas a los que pertenecemos. A través de ellas acompañamos a las personas a reconocer sus fidelidades,  su niño interior y con ello el “amor infantil” con el cual nos hacemos daño. Este reconocimiento nos permite mirar el gran sistema humano con una perspectiva más amplia y  honrar  a padres, familia, seres queridos, antepasados y sistemas sociales. Esta mirada nos permite salir de los juicios que hemos construido, mirar nuestro pasado y a nuestros antepasados tal como han sido y devolver a cada uno con amor aquello que es suyo; devolver aquellas responsabilidades que no nos corresponde asumir y asumir aquellas que si nos tocan. De esta manera ponemos a cada quien y a cada cosa en su lugar, reconectando con el orden, con la fuerza de vida y el amor que nos llega a través de ellos.

Las constelaciones nos invitan a preguntarnos por el origen de nuestro quehacer: ¿Estamos actuando por criterios propios o…¿ Estamos actuando a partir de ese amor infantil que es fiel a patrones familiares y sociales? ¿Por quién en particular actuamos de determinada manera? ¿Tal vez por fidelidad a nuestro padre o  nuestra madre?  ¿Tal vez por redimir a algún antepasado, alguien que fue excluido o no se ha reconocido en nuestro sistema? ¿Tal vez estemos identificados con la víctima o el verdugo de alguna historia familiar? ¿A quien nos sentimos unidos al actuar de esta manera? ¿A quien somos fieles?

web by Red Sphere