La Paz comienza en el alma

CONFLICTOS ÉTNICOS Y RECONCILIACIÓN

Bert Hellinger en la Universidad de Forham, Boston, octubre 2004.

“La raíz de los conflictos étnicos es la “buena conciencia”. Estos conflictos se alimentan de la buena conciencia de los grupos o sistemas.

Nos dicen desde que somos pequeños que debemos seguir nuestra conciencia. Incluso algunos dicen que la conciencia es la voz de Dios en nuestra alma. Sin embargo, una mirada muy superficial a la conciencia nos enseña que la gente de familias distintas y de culturas diferentes tienen diferentes conciencias como propias. Muy a menudo, siguiendo su propia buena conciencia expresarán valores diferentes, llevarán conductas diferentes y tendrán actitudes diferentes de las que tenemos en nuestra propia familia o propia cultura.

Una manera muy fácil que nos permite verificar esto es: cuando te acercas a tu padre tienes una conciencia distinta de la que tienes cuando te acercas a tu madre. Si te hacercas mas a tu madre que a tu padre, podrás sentir mala conciencia hacia tu padre. Y si te acercas más a tu padre, puedes sentir mala conciencia hacia tu madre.

Por lo tanto, en realidad, la conciencia no nos dice lo que está bien o lo que está mal. Nos dice lo que tenemos que hacer para pertenecer a un grupo en particular o a una persona en particular. La conciencia tiene una función fundamental: nos ata a nuestra familia de origen, sobre todo al grupo necesario para nuestra supervivencia. Entonces, cuando seguimos nuestra conciencia, no es una conciencia personal; es la conciencia de nuestro grupo. Si seguimos esta conciencia, nos sentimos a salvo en nuestro grupo.

De la misma manera que la conciencia nos ata a nuestro grupo, nos separa de los otros grupos. Así las divisiones, de hecho, entre gente, familias, y grupos mayores vienen de la buena conciencia. Esta conciencia es un instrumento de supervivencia. Para el individuo y para su grupo.

Si hay un enemigo del exterior, amenazando a nuestro grupo, la conciencia se hace muy activa para atarnos más firmemente a nuestro grupo y movilizar la energía para combatir a los otros en pro de la supervivencia de nuestro propio grupo. Si miramos esos conflictos, vemos que ambos bandos tienen buena conciencia. Ambos piensan que están actuando correctamente y que su lucha tiene sentido y validez. Ambos lados sienten que su conciencia es la voz de Dios. Su lucha es santa o justificada.  Por lo que los conflictos entre grupos se justifican como guerras santas. Siempre guerra santa. Muy extraño ¿No?.

La pregunta para hacer nos sería:¿Podemos encontrar modos de superar los límites de nuestra “buena conciencia” e incluir en nuestras almas y corazones los valores de los demás?  Al hacer esto tendremos entonces mala conciencia. Esta “ mala conciencia”  nos permitirá amar más que antes, pues incluye la conciencia de otros. Pues la clase de amor que viene de la buena conciencia personal dice al mismo tiempo “sí y no”. El amor que lleva a la reconciliación sería un amor que puede decir “sí” a todos y a todo.

Este tipo de conciencia más amplia no es factible a nivel político. Los líderes políticos deben seguir la conciencia de su grupo. No podemos esperar de ellos que sobrepasen las fronteras de su propia conciencia. Hace poco hubo dos líderes políticos que se atrevieron a ello, el Presidente Sadat en Egipto y el Primer Ministro Rabin de Israel,  fueron ambos asesinados por su propia gente, que actuaba con buena conciencia, por supuesto. Superar las fronteras de nuestro grupo es peligroso. Debemos saberlo.

Una vez sigues a tu conciencia, dejas de ver a los demás. No los ves nunca. No son más que “los enemigos”, “los otros”, “el otro grupo”. Por consiguiente la paz empieza cuando vemos a los demás, a nuestros enemigos, como seres humanos exactamente iguales que nosotros.

Todo esfuerzo para servir la paz debe hacerse muy despacio. Debe empezar en el alma. Primero en nuestra alma; entonces podremos encontrar a otros que se unan en un movimiento fuerte de paz. (...)

La conciencia tiene que ver con pertenecer. Pertenecer a un grupo pequeño o a la humanidad como un todo, llegando a sintonizar con el mundo como un todo. La conciencia personal se siente como culpable o inocente, así se exterioriza. Dirige nuestras acciones y comportamientos gracias a esos sentimientos. Estar en sintonía permite sentirse con calma y centrado. No estar en sintonía hace sentirse inquieto, agitado. Si trabajamos por la paz y estamos en calma, confiando en el movimiento más grande del que cada uno somos una parte, entonces nos sentimos muy tranquilos y recogidos. No tenemos ninguna impaciencia. En cuanto la gente se vuelve impaciente y deseosa de realizar algo, siguen a su conciencia personal. Ya no están en sintonía. Cuando estamos en sintonía con el todo, estamos centrados. Confiamos en que las cosas se desarrollarán en su debido tiempo; no tenemos prisa. El test es pues: ¿tengo calma o impaciencia?

Otra cosa que resaltar es que cuando sigues tu conciencia personal y te sientes vinculado a tu grupo, te sientes conectado con él en una relación de intimidad. Una vez que estás en sintonía con la humanidad, pierdes intimidad. Estás todo abierto; estás conectado, pero sin intimidad. Es el precio a pagar. De alguna manera te sientes solo, y a la vez conectado.

(...)

La vida es siempre un movimiento hacia delante. El dolor no dura. Cuando nos damos el permiso de mirar el dolor del pasado con detenimiento, al experimentar de nuevo este dolor, algo del pasado se sana, se cierra, se concluye. Entonces te puedes  mover hacia delante. Si tuviéramos que llevar nuestro dolor y remordimiento de todo lo ocurrido en nuestras vidas y las de nuestros ancestros todo el tiempo, nos perderíamos nuestra propia vida. En el alma, si llegamos a conectar con los que antes están luchando, compartiendo su dolor y dejándolo en el lugar que le corresponde, entonces nos podremos realizar y no nos quedaremos atrapados en la rueda sin fin del sufrimiento. Podemos entonces ir hacia delante con la vida sin necesidad de vengar los daños del pasado en las generaciones siguientes.

Muy a menudo la gente rechaza algo de si mismo. Lo llaman su sombra, o algo así. Nuestra alma contiene una imagen o un reflejo de la historia de nuestra familia, de nuestra cultura, religión, raza, nacionalidad. Sea lo que sea que rechacemos de nosotros, representa a una persona rechazada. Muchas enfermedades, por ejemplo, son un vínculo escondido con una persona excluida dentro de nuestro sistema familiar. Si esta persona excluida es acogida en nuestro corazón, la enfermedad se puede marchar. Muy frecuentemente.

La reconciliación empieza en nuestra alma. Cuando reconocemos lo que sea que rechazamos, lo que sea que nos avergüenza, y podemos agradecer , e incluso lo amarlo, entonces podemos sentirnos más completos y lograremos sentir paz. Desgraciadamente, significa también que debemos abandonar nuestra buena conciencia personal.

(...)” Bert Hellinger en la Universidad Forham de Bostón, octubre 2004, traducción Brigitte Champetier de Ribes

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